Opinión

Cuando los canadienses prendieron fuego a la Casa Blanca

Es una vieja historia pero, durante su primera presidencia, Trump ya le echó en cara la vieja querella a Justin Trudeau. Y es que el asunto debió escocerles bastante, tanto que más de doscientos años después aún lo tienen presente. Y no es para menos.

Era 1812, y la joven nación yanqui, expansionista y depredadora desde antes incluso de su nacimiento oficial, vio la oportunidad de apoderarse de las tierras de la corona británica más al norte, dado que los británicos estaban empleándose a fondo en Europa contra las tropas napoleónicas. Era una mala idea, que no funcionaria.

En lo que hoy es Canadá, se apañaron como pudieron con unas milicias formadas por colonos franceses y británicos, cimarrones negros huidos de la esclavitud y hasta las propias tribus indias que ya estaban al tanto de cómo los “civilizaban” sus vecinos del sur. Y con esto lograron frenar a los invasores, no sin que estos saquearan y prendieran fuego a la ciudad de York, hoy conocida por todos como Toronto. Pero aguantaron lo suficiente y la invasión no alcanzó sus objetivos.

El 11 de abril de 1814 Napoleón abdicaba y firmaba el Tratado de Fontainebleau, para desgracia de los yanquis, que verían llegar para agosto una escuadra cargada de experimentada infantería al mando del general Robert Ross, que entraría sin apenas resistencia hasta Washington, donde un francotirador casi lo mata al acercarse a parlamentar, algo que, probablemente, conduciría a que sus fuerzas prendiesen fuego a la Casa Blanca, aún con el almuerzo preparado sobre la mesa para el presidente Madison y su mujer. Lo de Toronto parecía vengado.

Después la escuadra se dirigió hacia la costera ciudad de Baltimore, que también tomaría, aunque esta vez sí, un “paco”, aquí a los francotiradores hubo un tiempo que los llamábamos así, acabó con su vida, lo que parece marcar una tradición norteamericana, pues en 1836, en el Álamo, los asediados recibieron con una fusilada a los parlamentarios enviados por el general Santana, lo que llevaría a que éste se mostrará con extremada crueldad tras la capitulación final. Ye lo que hay.

La parte importante de lo de la Casa Blanca, que le decían así por los manteles, pues aún no estaba pintada en ese color, es que sirvió para cimentar la indisoluble unidad y espíritu del pueblo canadiense, que después de las hostilidades construiría una relación de fuerte amistad, casi hermandad, con los norteamericanos, y que ahora ve como un presidente, que no destaca ni por modales ni cultura, vuelve a intentar la invasión de Canadá, esta vez no cruenta, y con ello consigue aglutinar formidablemente a la nación, algo que se comprobará en las elecciones convocadas para el próximo abril. 

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