Opinión | Dando la lata
Lluvia y fuego
Desde la ventana de la cocina soy testigo de la aparatosa irrupción de la primavera, que se presenta en forma de ventolera y chaparrones con momentos de hermosas encalmadas de un sol tibio y amable.
Allá en el Sur diluvia desde hace un mes, como si España se hubiera detenido en el surtidor para cargar los depósitos de cara a un estío que cada año es más prolongado y sofocante. En Asturias, por el contrario, tras un invierno poco invernal, esta noche se provocaron más de diez incendios forestales. La llama criminal acude al reclamo del viento sur. La mayor parte del país encharcada y nosotros ardiendo.
Remuevo los champiñones troceados que resucitan al calor del aceite malagueño, la sal, la cayena, el romero picado y el chorro de brandy. A fuego suave, los salteo con cariño mientras observo la veloz circulación de nubes de agua y unos rayos de sol que se encienden y apagan y que por momentos componen un arco iris que enmarca el monte que tengo enfrente. Sobre la plancha, los filetes de pechuga de pollo marinados van adquiriendo la tonalidad deseada y en la cocina se acumulan olores cada vez más estimulantes. Un sorbito de verdejo y un pico de pan apaciguan mis adentros mientras la comida termina de hacerse.
La relación de la cornisa cantábrica con el fuego cada vez que sopla aire seco y cálido es una patología antigua a la que no aplicamos tratamientos efectivos pues confiamos el remedio a la lluvia, que no suele tardar en acudir al rescate. Además, aún no conseguimos que el pirómano adquiera la condición social de criminal despreciable que sí tienen los autores de otros delitos, a pesar de que los daños que causa y el peligro que origina son tremendos.
Unos desembalsando y otros regando. Días de contrastes, como si la península ibérica estuviera boca abajo. Pero, tranquilos, que esto pasará y llegarán los días más largos del año, que nosotros intuiremos bajo el espeso manto de nubes. Como casi siempre.
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