Opinión | EL DESLIZ

Triquiñuelas inmobiliarias

Ilustración Elisa Martínez.

Ilustración Elisa Martínez. / Elisa Martínez

Si es que te tienes que reír. Pillado en el limpiaparabrisas, otro folio con el anuncio escrito a mano de una particular que busca piso en tu zona, abstenerse inmobiliarias. No le importa vaciarlo si está lleno de muebles, no le importa que su estado de conservación sea horrible, puede esperar si alberga un inquilino. Caray, sí que está desesperada la pobrecilla. El vecino ha recogido otro igual del buzón. “Menudo papel más bueno se gastan los particulares. Este gramaje es de folleto, por lo menos. Y está impreso, no fotocopiado”. Pocos propietarios picarán el anzuelo, la mayoría van escarmentados. Es lo que tiene vivir en un barrio por el que pasan los extranjeros mirando hacia arriba, calibrando, y te hacen fotos mientras tiendes la ropa. Sabes positivamente que si contestas a ese anuncio te sale una inmobiliaria que te mete en su archivador, zas. Así es como cazan clientes que podrían efectuar una compraventa sin intermediarios, pero no les corre prisa. Si no vendes hoy, ya venderás mañana. Ellos plantan la semilla de la posibilidad de una mudanza innecesaria pero rentable. Cuando te hacen una oferta te la piensas y quién sabe. Tras “abstenerse inmobiliarias” se esconden inmobiliarias que desean hacer aflorar propiedades vacías que no están en el mercado.

“¿Hablas inglés?”, pregunta una pareja en chándal con dorados y con gafas de marcaza. “No”. Los niños te afean que cada día eres más borde, ya ni quieres ayudar a unos turistas que igual se han perdido. No se han perdido. Imposible extraviarse con esos teléfonos que llevan. Días atrás entablaste conversación con un joven muy majo que rondaba tu casa. Había oído que se vendía una vivienda en tu bloque y te pidió el contacto de la propiedad. No quería pasar por comisionistas, mejor persona a persona. Buscaba el hogar de sus sueños para su familia y pedía referencias de si el barrio es tranquilo, si es difícil aparcar, si hay colegios cerca… Después del esfuerzo sobrehumano de responderle en el idioma de Shakespeare resultó ser un agente inmobiliario que buscaba hacerle un roto a la competencia. Qué picardía se gastan. Siempre hay que sospechar de quien lleva encima ropa informal por el valor de tu sueldo de un mes. Y de paso de todo el mundo: las inmobiliarias prometen dinero al contado a quien les proporcione el chivatazo de alguna propiedad que pueda ponerse a la venta. Trabajo en red. Cuantos más ojos y oídos, mejor.

A unos amigos les buzonearon la invitación a una charla sobre arqueología local. La organizaba la inmobiliaria de su zona, un barrio gentrificado del centro de Palma en el que resisten cuatro indígenas valientes como en la aldea gala de Astérix, asediados por el turismo y las terrazas ruidosas. Después de la conferencia, cafetito y un rato de puesta en común, vamos a conocernos, que compartimos vecindario. Como los antiguos manteros que se llevaban a docenas de jubilados de excursión en autobús para después venderles sus productos (a menudo mantas carísimas, de ahí su nombre), aquí se busca información de primera mano. De casas vacías, herencias recién recibidas, propiedades de varios miembros de una familia a los que se pueda ayudar con el papeleo, un conocido mío se muda, otro busca una vivienda más pequeña. Deja tu casa en sus manos. Hay que ayudar a tantos europeos ricos a encontrar su sueño… Su sueño, nuestra pesadilla.

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