Opinión | Crítica

Exquisito efectismo reivindicativo

Reinterpretar no es sencillo, sobre todo cuando la base musical son piezas de larga tradición, y ya con un claro mensaje que ha perdurado generaciones. Sin embargo, ahí radica la originalidad, la técnica, y el dominio del arte, fundamentos que el coreógrafo y bailarín Tono Ferriol ha demostrado controlar a niveles profundamente profesionales, dada además su juventud. Si bien es cierto que, tanto el cómo su familia, llevan toda una vida sobre los escenarios, el mayor reto de una reinterpretación es que cumpla su función principal, que es la narrativa justificada. Y si por añadido cumple segundas funciones, como la reivindicativa en este caso, es que se ha logrado conectar con la esencia del arte mismo, que es la transmisión de sentimientos y vincular emocionalmente tanto a los que participan activamente del arte – bailarines, orquesta y director – como a los que lo reciben desde el patio de butacas.

Exquisito efectismo reivindicativo

Exquisito efectismo reivindicativo

El hilo conductor de las tres piezas versa sobre la figura femenina, desde una perspectiva de reconocimiento y reivindicación: históricamente relegadas a un segundo plano en diferentes facetas de la vida, acogen un protagonismo y presencia que superan en vigor y trascendencia a las tramas originales de las piezas.

La orquesta, que ha funcionado perfectamente como catalizador enérgico, ha sido sutil en los pasajes que lo requerían, y controladamente potente en los puntos álgidos de las piezas, a la vez que dejaba paso al protagonismo de una situación escénica que, aunque poco habitual en nuestro auditorio, se erige como posibilidad más que válida para llevar a cabo un programa escénico que combina de forma tan sinérgica danza y música sinfónica.

Nuestra OSPA es una orquesta todoterreno, y ha sabido llevar a buen puerto bajo la dirección del maestro Méndez un programa que, aunque clásico en esencia, no tiene nada de sencillo. Los cambios de ritmo, acentos y compás, tan típicos de la música de Copland, no fueron problema finalmente para ser encajados tanto por la orquesta como por los bailarines.

En cuanto a la escena, la labor de las alumnas del Conservatorio Profesional de Gijón no tiene nada que envidiar al grupo profesional de danza – traído por Ferriol y por su asistente Glen Lambrecht – , cumpliendo ambos con lo esperado escénicamente. Si bien el elenco profesional desarrolló interpretaciones perfectas tanto en ejecución como en intensidad, la labor de las estudiantes denota una proyección profesional futura que expone la calidad interpretativa de las nuevas generaciones, y sobre todo, su adaptabilidad y progresión bajo las directrices adecuadas. Bravo por todos ellos.

Especial mención también al aprovechamiento de los juegos de luces a mano de Carlos Dávila, que aportaron el ambiente adecuado a cada momento, y a la maravillosa incorporación de vestuario de la diseñadora Marta Pardo, logrando a través de todos sus vestidos y complementos una doble reivindicación tan vinculada al mensaje del evento, y que el público ovetense ha entendido, respetado y valorado, algo digno de una sociedad tolerante y sobre todo, más abierta a las nuevas realidades de los espectros minoritarios.

La escena se entendió, y la nueva trama argumental narrada a través de la danza supo trascender al público, que ovacionó durante más de cinco minutos a todos los artistas al término del evento. La frescura y profesionalidad de Ferriol demuestra una vez mas que el arte no entiende de edad, y que las ideas bien ejecutadas hacen que todas las historias puedan ser reinterpretadas para representar a una sociedad actual, múltiple y plural, en los distintos contextos sociales y personales. Ojalá contar con eventos así muchas más veces sobre los escenarios de Oviedo.

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