Opinión
Carmen Rodríguez Menéndez
Adiós al hombre de la eterna sonrisa
El doctor Enrique Portilla Fernández-Villaverde, con una larga trayectoria como jefe del servicio de Traumatología del Hospital Álvarez-Buylla de Mieres, falleció el sábado a los 94 años de edad. La expresidenta del Colegio de Médicos de Asturias Carmen Rodríguez Menéndez le rinde este homenaje
Querido Enrique, posiblemente esta es la última carta que vas a recibir, pero no pude sustraerme a la tentación de escribirte y recordar, con todos los que tuvimos la excepcional suerte de tenerte de alguna manera en nuestro círculo, los increíbles momentos que nos proporcionaste.
No repetiré que eres un magnífico profesional y una persona ejemplar, porque aquí quiero resaltar otras virtudes innatas en ti, que te definían y que a todos nos hacía la vida más fácil.
Durante doce años desempeñaste en la Junta de Gobierno del Colegio de Médicos de Asturias (2001-2013) la vocalía de Médicos Jubilados; tengo grabado en mi mente tu llegada a esas reuniones, siempre con una alegría interminable; a veces, por circunstancias, las cosas se complicaban, pero tú, Enrique, ineludiblemente –rara virtud– siempre tenías el último chiste, el que rompía la tensión existente y con frecuencia milagrosamente la solución era más fácil.
Tenías una enorme capacidad de colaboración; todo lo que se proponía lo recibías abiertamente, con la ilusión de un niño y con voluntad expresa de comenzar sobre la marcha. Preparabas con precisión, gran amor y minuciosidad todos los actos relacionados con los médicos jubilados, viudas y viudos todos, pertenecientes a tu vocalía. Te preocupaba sobre todo que se sintieran integrados en el Colegio buscando siempre reuniones interesantes, divertidas y de confraternización.
No puedo olvidar, Enrique, a San Cosme y San Damián; ambos tienen una gran deuda contigo, porque durante muchos años has organizado la fiesta de estos grandes santos mártires de Valdecuna (patronos de médicos, farmacéuticos y veterinarios) con la santa misa y la procesión alrededor del santuario. ¡Qué bonito y entrañable era todo ese día! Una fiesta única, con gaita, tambor, asturianía y mucha devoción. Muy bien organizado todo bajo tu supervisión y, como no podía ser de otra manera, con mucha alegría. Posteriormente, a todos los asistentes nos agasajabas con una espicha en la que no faltaban sorpresas y regalos para todos. El patrocinio de todo esto, tú lo conseguías con tu trabajo, con la bondad y la alegría con que traspasabas fronteras.
En fin Enrique, donde estés –que seguro que es donde siempre quisiste estar– siempre habrá alegría, tendrás además muchos amigos y no te olvides de novelar las anécdotas como nos las contabas; te escuchábamos con suma atención para acabar con una algarabía de bromas.
Todos sabemos, no obstante, que tenías una carta escondida, que te sostenía y te apoyaba, tu gran mujer Carmen, que siempre te acompañaba.
Carmen hoy esta triste y nosotros también, pero nos dejaste el recuerdo siempre fresco de tu abierta sonrisa y de esos momentos alegres y felices que nadie, ni nada, pueden oscurecer.
Un fuerte abrazo.
Descansa en paz.
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