Opinión

No hay gracejo en la ironía

Durante un careo con Mariano Rajoy en el Congreso, la diputada Ione Belarra le preguntó de dónde había sacado el expresidente su gracejo, dado que los gallegos –dijo– no tienen fama de graciosos. Algunos de ellos se sintieron agraviados, pero no hay por qué. Poca –si alguna– razón hay para ofenderse, dado que ese estereotipo bien pudiera existir y, en todo caso, el gracejo guarda poca relación con el humor. No hay que confundir el salero de sal gorda con la ironía y/o la sorna.

Contra esa visión que atribuye un carácter lúgubre a los galaicos conspira el hecho de que a la vez se les tenga por inventores de la retranca. Un concepto este último vinculado a la ironía, que es, como se sabe, una de las más sutiles y elaboradas expresiones del humor. A la retranca –que es otro estereotipo– la define la Academia Galega como una habilidad para hablar con segundas intenciones, especialmente cuando se busca una gracia intencionada en lo que se dice. Cierto es que la Academia Española la reduce en términos menos elogiosos a una "intención disimulada, oculta". Quizá eso refleje la distinta percepción de las cosas que a veces se tiene más allá o más acá del Padornelo.

Lo de ser gracioso, en el sentido de chistoso o divertido, ya parece otra cuestión que a menudo depende de que uno caiga en gracia o no con su salero. Si la congresista que el otro día se enredó con Rajoy considera que los gallegos no son graciosos, es que realmente ha de existir por ahí esa creencia. Si hablamos del humor, en cambio, no se sostiene nada bien el argumento. Ni siquiera hay que recurrir a la cita de humoristas como Julio Camba o Valle-Inclán para constatar que esa planta florece con toda naturalidad en el vecindario gallego. Considerada por muchos gallegos –y, sobre todo, por los que no lo son– como un rasgo casi étnico de este reino, la retranca nace de la ambigüedad que, con razón o sin ella se les atribuye.

Al igual que la ironía, que es su pariente próxima, requiere de cierta destreza para sugerir precisamente lo contrario de lo que se dice. Un delicado equilibrio que apela a la complicidad y a la inteligencia del que recibe la broma. No siempre, ni para todo el mundo, es fácil de entender, como bien saben los gallegos que la han ensayado fuera de su ambiente.

Más que la retranca, es en realidad la ironía lo que forma parte del ADN de los gallegos –no todos, claro está– que la emplean casi sin advertirlo en un juego tácito de sobreentendidos. En su forma autóctona, la ironía suele incluir también algo del understatement británico, en la medida que tiende a restar importancia y gravedad a las cosas por medio del humor.

El gracejo atribuido el otro día a Rajoy no le hace justicia al socarrón expresidente, capaz de contestar a una pregunta con la frase: "Sobre eso que usted dice estoy pensando lo que usted cree que estoy pensando". No le faltaba razón, por tanto, a Belarra, cuando afirmó que los gallegos carecen de gracejo. Lo suyo es otra cosa, ni mejor ni peor, pero sin duda más compleja. Hay que agradecerle el elogio en vez de enfadarse.

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