Está a escasos diez kilómetros de Piedras Blancas y es una joya botánica: el increíble bosque de ribera que pocos conocen
Noelia Velasco recorre junto a LA NUEVA ESPAÑA los espacios más singulares de un bosque de ribera casi desconocido, a escasos diez minutos de Piedras Blancas

Miki López / Noé Menéndez

A escasos diez minutos de Piedras Blancas, muy cerca de Santa María del Mar, se esconde una de las grandes joyas de Castrillón. Ni el todopoderoso Google Maps, que todo lo sabe, puede ubicar este pequeño diamante ‘en verde’. Incluso muchos de los vecinos del concejo no sabrían ubicar este otro paraíso natural. El bosque de La Pontona es capaz de evocar, en pocos metros, lugares como Muniellos o las zonas más frondosas del suroccidente asturiano. Bien lo sabe Noelia Velasco, avilesina pero residente en el municipio castrillonense desde hace casi una década. Su segundo libro, "En la vereda", habla de este paraje, analizando todo lo que alberga dentro de él. Ahora, junto a su inseparable sabueso "Aire", se calza las zapatillas para mostrar a LA NUEVA ESPAÑA este secreto tan bien guardado.
Hay varias entradas para conocer este paraje. Una de ellas está en Santa María del Mar, poco después de pasar el primer desvío para acceder a la playa. Para encontrar la otra hay que serpentear la carretera entre varios núcleos de población hasta encontrar La Siega, un pequeño pueblo que guarda las puertas de este paraíso. "Aquí es donde arranco el libro", detalla Velasco tras aparcar el coche. "Aire" es un habitual del lugar y, nada más bajarse y escuchar el agua correr por el río Ferrería, ya empieza a meter prisa para corretear por el bosque.
Velasco es consciente de la joya que tiene ante sus ojos, aunque los primeros pasos llevan a una mala impresión. "Hace unos años esto estaba bien cuidado, todo lleno de árboles, pero el dueño de la finca decidió talarlos. Hubo una época que esto parecía Sarajevo. Ahora poco a poco va recuperándose", explica la castrillonense. Pronto empieza a apreciarse la belleza que guarda este bosque. No solo es un paraíso para el paseante común, sino para los más avezados en la botánica. "La llamada del agua hace que todas las especies quieran hacerse hueco aquí. Es un bosque muy rico en vegetación", destaca.

EN IMÁGENES: Así se ve La Pontona, la joya botánica que esconde Castrillón / Miki López
Toda la ruta, que en realidad es el paso que el ganado ha ido creando al atravesar la zona, bordea el río Ferrería. El silencio es absoluto, tan solo se escucha el sonido del agua a los pies del paseante. Eso sí, algún que otro avión corta, desde lo alto, de vez en cuando la calma.
Pronto se dejan ver algunas de las joyas botánicas de La Pontona. "Mira, aquí hay una viola riviniana, es una planta comestible. Hay que masticarla bien, pero tiene sabor a avellanas. Una hoja de esta planta tiene más vitamina C que una naranja", comenta Velasco, que es ecóloga forestal y responsable de naturaleza en el Museo Evaristo Valle. Durante el paseo también aparecieron eléboros, "una flor que es la llave de la primavera y que es tóxica al tacto", o la consuelda, "una joya autóctona que en botánica se utiliza para ayudar a soldar los huesos". Eso sí, la aparición más especial del trayecto fue la de las anémonas. "Cuando oscurece esta flor es la que marca los caminos. Al ser blanca, recoge la luz y la proyecta. Es como si fuese pequeñas lámparas", afirma la castrillonense, que cuenta una curiosidad más de esta especie. "Crece muy despacio y por espolones. Si ves un metro de esta planta, ves cien años de historia, porque tan solo crece un centímetro por año. Que aquí haya tantas significa que esta zona no ha sido perturbada", detalla.
El camino transcurre hasta llegar a una espectacular pradera. El contraste entre con la poca luz del bosque es muy notorio. "Es como abrirse las puertas hacía la luz", bromea Velasco antes de cruzar la valla. Allí, a lo lejos, se pueden ver vacas roxas. "Son algo curiosas, pero no suelen dar problemas", apunta. En este momento aprovecha para dar varias indicaciones a curiosos. "No se puede abandonar el sendero, porque en el fondo esta zona es toda de propiedad privada. Hay que tratar de perturbarla lo menos posible", subraya.
En la pradera reposa, bien pegado al río, otra de las grandes joyas de La Pontona, un chopo que ha superado ya el siglo de vida. "En esta zona se puede ver a la perfección lo que es la vegetación del bosque de ribera. Hay alisos, que sirven para proteger que el cauce no se descomponga, sauces, fresnos, olmos… Además de que, con suerte, se pueden ver animales como nutrias o garzas", asegura la ecóloga.
En menos de cinco kilómetros Castrillón esconde una gran joya de la botánica. Un bosque, La Pontona, que gracias a no estar masificado permite que sus pequeños habitantes puedan crecer a sus anchas. Solo algunos amantes de la BTT y naturalistas como Velasco, que se ocupa de proteger todas estas perlas, conocen su potencial. Su libro "En la vereda" puede servir para descubrir este paraíso a los amantes de la naturaleza. "La clave que tiene la zona es la fuerza del agua, que hace que todo crezca a su alrededor", sentencia. Entre tanto, "Aire" se marcha encantado tras mostrar a los recién llegados su lugar favorito de Castrillón. A ojos de sabueso también resulta una preciosidad.
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