Las cinco vidas que se llevó Cerredo: las cinco razones para bajar a la mina de Amadeo, Rubén, Jorge, Iván y David
Bien por tradición familiar, bien por contribuir a la economía doméstica, los cinco fallecidos en la mina de Cerredo, de entre 33 y 54 años, llevaban un tiempo ligados a la actividad minera.
Todos eran originarios de zonas de la provincia de León con fuerte presencia de este sector y cada mañana, de lunes a viernes, se trasladaban hasta Asturias para trabajar.
Ayer, sus familiares y amigos lloraban su pérdida y exigían una investigación que aclare la causa de sus muertes. Bajo estas líneas se hace un repaso a sus vidas

J.A.

Amadeo Bernabé, 48 años
Un enamorado de los caballos con ganas de jubilarse
En la esquina izquierda del pabellón central del polideportivo de Villablino, Pilar Castelao, la madre de Amadeo Bernabé, se ahogaba ayer en un mar de lágrimas. El hombre residía en Caboalles de Arriba (León) desde que se casó con su mujer, Yoani Méndez, natural de esa localidad. Bernabé se había reincorporado al trabajo hacía apenas diez díaz tras un ingreso hospitalario. Un hombre "risueño y vivaz" que, a sus 48 años, no conocía otro oficio más que la minería, aunque siempre en la de cielo abierto. "Empezó a trabajar en la de interior hace cuatro años", comentaba ayer su primo Miguel Castelao. Primos carnales por parte de madre, los dos se criaron juntos en la localidad leonesa de Villaseca, de donde eran naturales: "Se pasaba el día jugando con los caballos; le encantaban. Tenía uno que solo se dejaba acariciar por él. De los demás se escapaba", evoca, aferrándose a unos recuerdos de infancia cada vez más lejanos: "Hablamos hace unos días; quería jubilarse". Solo le quedaban dos años.
Rubén Souto, 49 años
Un abuelo entregado a los paseos con su nieto
En la mesa de la entrada al pabellón municipal de Villablino, una joven mira dubitativa la esquela: Rubén Souto. 49 años. "Es el marido de mi prima". Un nudo en la garganta entrecorta la historia que iba a contar. Natural de Caboalles de Abajo (León), Souto era experto en trabajar en explotaciones mineras. Lo hizo desde que era joven hasta que cerró la antigua mina de Degaña, en 2006. Entonces decidió cambiar de sector y se fue a trabajar al Sur. No obstante, con la reapertura del yacimiento, volvió a su tierra natal hace unos años. Una tierra enfrascada en la tragedia. Souto vio de pequeño cómo uno de sus mejores amigos perdía a su padre en la mina. Ahí vivía muy arraigado a su comunidad. "De esta gente que participa en la vida del pueblo", comentaban sus allegados. Además de un "buen vecino", Souto también era "muy niñero, siempre paseando con su nieto", un niño de dos años hijo de su único vástago y ajeno ayer al dolor de esta familia, sacudida por partida doble: Rubén Souto y Jorge Carro eran parientes.
Jorge Carro, 33 años
El padre de un niño de ojos azules que roza los 2 años
Jorge Carro, de 33 años, estaba muy ligado a la ganadería. "Le encantaba el campo", comentan los que le conocen. Sin embargo, entró en la mina hace cuatro años. "Aquí se vive de eso, pero nadie baja por gusto", aseguraba ayer un amigo de la infancia: "Lo hizo para poder tener un futuro". Una idea que recalcó el alcalde de Villablino, Mario Rivas: "Quien entra en la mina lo hace buscando una alternativa para su familia". Eso fue lo que hizo Carro: intentar crear un hogar junto con su pareja, Jenny García. Un hombre "noble y muy unido a los suyos", que perdió la vida a 17 kilómetros de casa. Sobre el féretro de Carro se veía ayer una foto del joven vestido de minero, en una bocamina. Con el mono negro, la cara negra, el casco negro. En la imagen, resaltan dos grandes ojos azules, los mismos que le quedan de herencia a su hijo Marco, que la semana que viene cumplirá dos años.
Un prejubilado que volvió a la mina por su experiencia
Iván Radio, 54 años
Otro de los mineros fallecidos es Iván Radio. Del pueblo leonés de Orallo, tenía 54 años y estaba prejubilado, según comentaron ayer algunos compañeros: "Fue a echar una mano en el proyecto por su experiencia". "Nadie pensaba que a estas alturas, con los medios que hay, podría ocurrir algo así", lamentaban sus allegados. Era el mayor de los cinco. En la capilla ardiente improvisada ayer en el polideportivo municipal de Villablino, la urna puesta al lado de su esquela se iba llenando de tarjetas, muchas de sindicatos, que se acercaban para darle el último adiós a un hombre de "creencia férreas" que conocía la mina como la palma de su mano. "Entró siendo un chaval y aunque podía no hacerlo acabó volviendo a ella", comentaban a la puerta del velatorio unos vecinos. Radio deja dos hijas, Rebeca y Nerea, quienes en la capilla ardiente alternaban el llanto con la entereza, y se turnaban para arropar a Raquel Armindo, su madre. Una madre que ayer era, sobre todo, esposa.
Hijo de un padre minero que intentó alejarlo del oficio
David Álvarez, 33 años
A una hora de la capilla ardiente de Villablino, en la localidad leonesa de Torre del Bierzo, familia y amigos despedían ayer por la tarde al quinto fallecido: David Álvarez, de 33 años. Este joven aprendió desde niño lo que supone la mina: su padre, Roberto Álvarez, fue picador e intentó, por todos los medios, alejar a sus hijos de un oficio "duro y muy desagradecido". Fue en balde porque David Álvarez entró en la mina Carrión en enero. Un joven "alegre", lo describían ayer sus amigos, unidos en el primero de los funerales por la enorme tragedia de Cerredo. Álvarez, compartía su vida con Ruth Fernández, una joven que no encontraba consuelo a las puertas de la iglesia parroquial. "Era muy niñero", cuentan sus allegados. Cuidaba con mimo de su único sobrino, "el niño de su hermano Roberto". Era uno de los dos más jóvenes y el menos veterano en el oficio. El negro carbón, con el que tan familiarizado estaba, acabó con su vida.
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