Lorena Riol, de La Tenderina a la batalla de Silicon Valley contra la enfermedad inflamatoria crónica

Con veinte años de experiencia en la vanguardia de la investigación en inmunología, la bioquímica ovetense ejerce como vicepresidenta en una startup que busca nuevas terapias contra la “pandemia descontrolada” y silenciosa de las graves alteraciones del sistema inmune que ya intervienen en tres de cada cinco muertes en el mundo

Cofundadora del Club de Ejecutivas Españolas, alberga la ilusión de volver a casa, aunque sea “de manera virtual” y aprovechando las posibilidades que ofrece “la democratización de la tecnología”

Lorena Riol Blanco, en Poplar Beach, cerca de su casa en Half Moon Bay (California).

Lorena Riol Blanco, en Poplar Beach, cerca de su casa en Half Moon Bay (California). / L. R.

Los acantilados de Half Moon Bay, la bahía de la media luna, van a dar al Pacífico californiano, pero a esta costa recortada y al paisaje de su alrededor se le puede encontrar una conexión estética con Asturias. “Está la montaña al lado, es muy nubloso y todo verde…” Por un resorte del destino fácil de imaginar, cuando el rumbo de su trabajo de investigadora la trajo a la bahía de San Francisco, la bioquímica ovetense Lorena Riol Blanco terminó viniendo a vivir a este lugar que además, todo encaja, está en el condado de San Mateo. “Sin querer, uno gravita hacia lo suyo”, confirma.

La carrera que la ha traído hasta aquí desde el barrio de La Tenderina es de persecución, de búsqueda de medicamentos útiles contra la inflamación crónica, y va camino de cumplir veinte años en varios destinos prioritarios de la investigación biotecnológica en Estados Unidos. El último es Palo Alto, la ciudad de la bahía de San Francisco que se vende como el “lugar de nacimiento de Silicon Valley” y en la que Riol ejerce como vicepresidenta de Biología en Evommune, una startup de 42 trabajadores especializada en el descubrimiento y desarrollo de nuevas terapias contra el grupo de enfermedades inflamatorias y autoinmunes crónicas.

Libra su lucha contra enemigos como el lupus o la artritis reumatoide, la enfermedad de Crohn, la colitis ulcerosa o la dermatitis atópica, entre otras afecciones de lo que ya se puede considerar como “una pandemia descontrolada” que interviene como factor común, dice la presentación de la empresa, en tres de cada cinco muertes en todo el mundo. En el exigente ecosistema investigador de la bahía de San Francisco, en el que Lorena Riol lleva en diferentes destinos desde 2014, la jornada de la vicepresidenta de Biología de una startup emergente tiene su ración de despacho, su dosis de investigación y su porción de gestión de equipos y reuniones con inversores para buscar financiación.

De momento, esta compañía de apenas cuatro años de vida aspira a llevar este año cuatro ensayos clínicos de fase dos, en grupos relativamente amplios de personas. “Y eso es mucho para una empresa pequeña”, explica la bioquímica asturiana, a la que Evommune contrató al poco de su fundación “para montar el departamento de investigación”. “Sois la empresa pequeña más grande que hemos visto”, ha escuchado con satisfacción.

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Lorena llegó a la sede de la compañía en Palo Alto precedida por su trayectoria de dos décadas en la primera línea de la investigación en inmunología, en el estudio de los complejos procesos por los que un fallo en el sistema inmune le hace atacar células y tejidos sanos.  De eso, allá por el año 2000, empezó a hablarle José Luis Rodríguez Fernández, hoy investigador en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y entonces en el hospital Gregorio Marañón, a una joven científica recién graduada en Bioquímica en la Universidad de Oviedo que “a la aventura” y “un poco por intuición” buscaba contactos para dedicarse a la investigación.

“Era una época de explosión de una cierta rama de la inmunología”, recuerda y a aquello le impactó tanto que ya nunca abandonó los aledaños de la especialidad. Rodríguez-Fernández dirigió su tesis en el CSIC y la Universidad Complutense y las puertas de todo lo que vendría después en Estados Unidos se las abrió una oportunidad de trabajar en el laboratorio del Robert Lefkowitz en la Universidad de Duke, Carolina del Norte. “Resultó que a los pocos años Lefkowitz recibió el premio Nobel de química”, cuenta, y resultó también que allí ella dijo “esto es lo mío”, “tengo que salir” y “me voy al mejor sitio que pueda”.

El mejor que encontró fue la Universidad de Harvard, donde se embarcó en una investigación posdoctoral que acabó publicando en la prestigiosa revista “Nature” y que indagaba en “la interacción entre el sistema nervioso y el inmunológico, o en cómo ambos se influyen mutuamente en enfermedades autoinmunes o infecciones”. La bioquímica, nacida en León (1978) y criada en Oviedo, ya iba camino de traducir en una solvente carrera profesional aquella fascinación de la primera clase de genética que recibió en Sexto de EGB y el interés que se le despertó después por todo lo que tiene que ver con el funcionamiento del cuerpo humano, con “cómo luchamos contra los virus o por qué nos hacemos mayores. En mi ignorancia de niña, pensé que quería ser médico”, pero la vida la llevó a la bioquímica, la bioquímica al laboratorio y la inquietud a todas partes.

Después de Harvard, y todavía en Boston, “busqué financiación por mi cuenta” y la encontró en un proyecto de la Fundación Nacional de Psoriasis que además de “un dinerillo” y “mucha ilusión” le proporcionó “la oportunidad de interaccionar con pacientes” e incluso de ir a defenderlo a Washington ante los senadores en el Capitolio. Era 2013, vivía en América con su marido también ovetense y estaba embarazada de su primer hijo. Fue entonces cuando la convicción de que lo que quería era dedicarse a la “ciencia traslacional”, a la investigación, “pero con el poder de encontrar medicinas”, la trajo hasta la bahía de San Francisco.

En la corporación biotecnológica Genentech, que combina la investigación básica con la producción farmacológica, tuvo ocho años como investigadora principal para conocer los resortes del camino que va del laboratorio al medicamento. En 23andme, la revolucionaria empresa pública de biotecnología y “genómica personalizada”, asistió después en primera fila a la evolución de un modelo que empezó haciendo test genéticos para medir la predisposición del paciente a padecer determinadas enfermedades y derivó a continuación hacia la vertiente terapéutica. “Llegó un momento que habían genotipado a tanta gente”, recuerda Riol, “que decidieron utilizar todos esos datos genéticos, de forma anónima y previo consentimiento del interesado, para buscar potenciales dianas terapéuticas”.

Como directora del departamento de inmunología e inmunooncología, la científica ovetense entró en la fase de generación de fármacos de una compañía que a la larga, tal vez “no fue capaz de juntar las dos líneas de negocio de manera que la empresa diera dinero”, aventura la bioquímica, y tuvo sus dificultades. Sus dos años allí fueron, sin embargo, “muy productivos y gratificantes”, y la llevaron “al siguiente nivel”, al del liderazgo y la responsabilidad ejecutiva que ahora ostenta en Evommune.

Allí, mientras lidera equipos, se reúne con inversores y escruta los caminos que van del laboratorio al medicamento, Lorena Riol no deja de mirar Asturias en el retrovisor. Con la conciencia de que su carrera investigadora ha tomado un vuelo imposible de mantener en España, puede que llegue a encontrar otras maneras de regresar. “Con la democratización de la tecnología”, ahora es posible estar sin estar y “una de mis ilusiones”, señala, “sería volver a Asturias bien de manera virtual o estar aquí y allí y fundar algo en estas condiciones, porque conozco muchas empresas que son virtuales”

Así podría tomar forma, imagina, su contribución a la tarea pendiente del aprovechamiento del talento que Asturias tiene desperdigado por el mundo. Del talento y otras habilidades, porque su perspectiva de emigrante le ha proporcionado una base para poder decir que aparte de muchos expedientes académicos brillantes ahí fuera también hay gente que puntúa bien en los tres tipos de inteligencia. Si se explica, dirá que junto a la emocional y la intelectual es muy importante una “capacidad de adaptarse a nuevas situaciones” de la que ella y otros muchos asturianos por el mundo tienen de sobra. “No he tenido otra que adaptarme a las cosas de manera muy rápida”, sentencia, y esa es otra aptitud con muy buena calificación en el universo hipercompetitivo del siglo XXI.

Esa triple distinción de las capacidades útiles para el éxito la escuchado Lorena, por cierto, en el ejercicio de una de las otras vidas que combina con la de la alta ejecutiva de startup biotecnológica en Silicon Valley. Casada con otro bioquímico ovetense del mismo barrio de La Tenderina, la científica asturiana también es una de las diez cofundadoras del Club de Ejecutivas Españolas en Silicon Valley, una de las sedes de una red profesional de mujeres líderes en distintos puntos del mundo que organiza eventos, que comparte ejemplos inspiradores y trabaja para visibilizar los méritos y alentar la igualdad. La cuota asturiana la llevan ella y Dolo Díaz, castropolense, vicepresidenta de Descubrimiento y Desarrollo de Fármacos en otro de los polos de la investigación de la bahía de San Francisco, la empresa biotecnológica Altos Labs.

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