Sari también tiene a los fíos fuera de Asturias (y a ver si vuelven)

“Para que la gente se instale a vivir en los pueblos habrá que empezar por lo básico: aquí no funciona Internet como es debido, necesitamos la fibra como el comer”

Asturianos en Amieva: Sari Nava

Julián Rus

Eduardo Lagar

Eduardo Lagar

Sari Nava, empresaria de turismo rural. Junto a su marido, Félix Alonso, emigró a México con poco más de 20 años. Luego retornaron y abrieron en Sames un complejo de turismo rural. Criaron a sus hijos en Amieva y ahora ambos están fuera, en Madrid y Barcelona. Como ella, tiene la esperanza de que se harten de la gran ciudad y regresen. Aunque sabe que no lo tienen fácil.

Regenta junto a su marido el bar Casa Chili y el conjunto de apartamentos La Riba, en Sames. Esta es su historia, que se parece mucho a la de tantos padres asturianos que tienen a sus hijos trabajando fuera. Con la diferencia de que ella también emigró. Pero volvió:

«Yo nací en Santilán. Mi madre llevó 35 años el bar de Santillán, La Ruta. Soy Cesárea Nava Arduengo, me llaman Sari, y el maridu míu se llama Félix Alonso Fernández. Lo de Casa Chili creen que es porque estuvimos en México, pero lo de Chili viene de que mi suegra se llama Asunción y por alguna razón la empezaron a llamar Chilina y quedó-y Chili. Se lo pusimos un poco en honor a ella».

«Marchamos a México en 1983 recién casados, con poco más de vente años. Un tíu de Félix que vive allí nos dijo que tenía trabajo pa nosotros. Estuvimos quince años en México, tuvimos dos críos y volvimos en el 96. Cuando marchamos, Félix había acabáu de estudiar Administración de Empresas y yo estaba haciendo Enfermería en la Universidad. Pero, no sé cómo decirte, me seducía más la cosa de salir y ver mundo que acabar la carrera. La gente que somos de los pueblos tenemos esa sensación de salir a toda costa, de ver mundo, porque nos parece el nuestru muy pequeñu, o no sé. Marchamos pa México escopetaos».

Sari Nava con su nieta Victoria

Sari Nava con su nieta Victoria / Julián Rus

«Fue una experiencia increíble, eh. Llegamos a Toluca, es una ciudad así industrial cerca de México, y ahí hicimos tres años. Después nos fuimos a Cuernavaca y estuvimos doce. Los tíos de Félix tenían negocios para materiales de construcción. Y después, un buen día, empezaron a ponese les coses males en cuanto a seguridad. México tien eses etapes. Siempre dicen que son seis años buenos y seis años malos, que según los presidentes van rotando. Hubo un momento de mucha inseguridad y no veíamos muy claru la educación que dábamos a los críos. Los tenías que entregar en la mano a la directora del colegio. Había un miedo al secuestro, a lo uno y a lo otro, cosas que te dan mucho miedo. Dijimos: qué pasa si volvemos. Lo pensamos y, aunque no lo creas, en un mes estábamos aquí. Dichu y hechu».

«Era 1996. En Oviedo o en Gijón no sabíamos muy bien qué hacer. Y como mi madre tenía el bar de La Ruta y mi hermana estaban dedicaos a cases rurales, pues vimos la oportunidad. Eso es la ventaja que nos dio el salir y ver mundo, el que luego cuando vienes al pueblu ves les coses de una manera completamente diferente. Un día un paisano nos dijo: tengo una huerta ahí en Sames que tengo una gana vendela que ya no quiero saber na de ella. Oye, una güerta pindia como el demonio, pero muy guapa y con unes vistes precioses. Y surgió. ¡Venga!, ¿qué te parez si hacemos negociu? ¡Pues hala! Y en esa huerta construimos los apartamentos».

«En julio del 2000 entró el primer cliente por la puerta. Era buena época. Cuando éramos ricos en España, aquello de que ataban los perros con longanizas. Esto duró afortunadamente siete, ocho o nueve años. Nos dio un empujón en todos los sentidos. Si nos pilla una crisis, imagínate».

«Después, más adelante, en el 2008, vino una crisis ahí muy gorda, que mucha gente se hizo mucha pupa. A ver, yo recuerdo de tener antes todos los fines de semana del año con gente, aparte del verano y Navidad. Pues todo eso bajó. Aquellos años de tanto auge no los volvimos a recuperar todavía».

«La pandemia, ostras, esa sí que fue gorda. Pero creo que aquí en los pueblos lo pasamos mejor que en la ciudad. Tampoco se vivió con el dramatismo que vivías en la tele. Pero ahora, que parecía que veíamos la luz al fondo del túnel, cuando nos daba la sensación de que sales de un pozu y la gente está con mucho ánimo, pues recibes esti otru hostiazu de la guerra de Ucrania. Yo creo que es como si nos hubieran dau un martillazu encima de la cabeza diciendo: adónde vais, que esto no acabó, que todavía hay más coses. Yo ya tenía gana de hacer proyectos, pero no sé… estoy como dudando. Si a los ucranianos-yos pasó esto, pues a ver si se va a revolver una más gorda, ¿sabes?».

«Tengo una nietina de cuatro años que se llama Victoria, de la hija, que se llama Sofía. Ellos viven en Madrid, y luego tengo el chaval, Gonzalo, que vive en Barcelona. Yo quería que salieran y que vieran mundo también. Al final volverán, espero. Igual que hice yo después de ver otros sitios. Descubrí que tengo aquí un tesoro, en mi pueblu, donde se puede vivir, donde se puede sacar adelante a los hijos. Como nosotros aquí. Los dos se criaron aquí. El chaval es arquitecto y Sofía hizo administración de empresas, trabaja con el marido en una cadena de hoteles. Los de Madrid vienen más seguidu, el chaval lo tiene más com­plicáu».

«Tengo la esperanza de que vuelvan a Asturias porque creo que el futuro les puede deparar aquí posibilidades de vivir más sano. No sé cómo decirte… Es que yo voy pa Madrid y digo: madre, qué pena criar a los críos aquí. ¿Sabes? Por mí estarían en Asturias creciendo en los pueblos con esta libertad… con los animalinos, no sé, con el ambiente que tenemos en los pueblos. Yo veo a la mi nieta y se vuelve loca cada vez que vien p’acá. Anda recogiendo huevos con el cestu tou el día».

«Ahí el problema es si tienen posibilidad de trabajar en Asturias. En el caso de los míos no es una posibilidad hoy por hoy. Pero yo tengo la esperanza de que un día digan: estamos hasta el moñu de Madrid y nos vamos ahí, atendemos un pocu el negociu de los güelos y les echamos una mano y tal. Pero, bueno, eso será el futuro. A ver, la hija mía tien 36 años ahora y el chaval tien 33. Tienen tiempo para hartarse de les ciudades».

«Pero que la gente vuelva a los pueblos es como pedirle peras al olmo. La gente marcha pa les ciudades por algo y no va pa los pueblos por algo, entonces hay que buscar esi algo. ¿Pero cómo vas a volver a los pueblos si, por ejemplo, quieres ponete aquí y ni siquiera tienes cobertura? Tenemos una antena aquí enfrente y no nos funciona el internet como es debido. Aquí necesitamos fibra como el comer. Nosotros tenemos una línea de teléfono en el bar con wifi y otra línea en los apartamentos. Pero, claro, entre seis apartamentos, cuando llega la gente y se conectan dos, el terceru ya te dice que no le funciona el wifi. Si no empezamos por lo básico... Hoy el mundo va todo relacionado con señales de internet. Que tou el mundo echamos mano de internet. De hecho, lo traemos en la mano tou el día».

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