Opinión

Viajar en cercanías, mejor en Cantabria que en Asturias

La gestión del ferrocarril de vía estrecha en dos regiones vecinas

El historiador Ángel de la Fuente Martínez fue director del IES Arzobispo Valdés-Salas

Siempre se dijo que las comparaciones son odiosas porque ponen evidencia la situación a la que se refieren, en este caso se aplican a la prestación del servicio de cercanías en dos comunidades autónomas vecinas. La estancia de una semana en Santander me brindó la oportunidad de viajar en la línea de cercanías C3 que finaliza en Liérganes. El viaje de algo menos de una hora estuvo servido por una composición de la serie 3800 que tiempo ha circuló por Asturias en las líneas Gijón-Cudillero y Gijón-Laviana. Salí en el tren de las 13:15 horas. Iba abarrotado de gente hasta Astillero y si bien a partir de aquí el número de viajeros disminuyó seguía siendo considerable. El regreso lo hice en el tren de las 17:20 horas y la afluencia de usuarios también era importante. Tanto el tren de ida como el de vuelta cumplieron el horario programado.

¿Hubo suerte o es que las cercanías cántabras funcionan con normalidad? Creo que la prestación del servicio es buena y el número de personas que usan este medio de transporte corrobora esta opinión. Igualmente –ruego se disculpe el sarcasmo– esta circunstancia se reproduce en Asturias, pero con una salvedad y es que en los trenes asturianos de ancho métrico los viajeros se tornan en espectros y por eso los vemos siempre vacíos.

La flota de trenes –3800, 3600 y algún Apolo– estacionada en la estación de Santander da la impresión de una disponibilidad suficiente de material móvil para satisfacer la demanda, más o menos como en Asturias –perdón de nuevo por la ironía– en la que las cancelaciones por falta de trenes y averías son el pan nuestro de cada día en numerosas ocasiones.

Sin embargo, el paso del tren cuando iba dejando atrás la ciudad permitía al viajero contemplar en la playa de vías la abundante presencia de vagones, plataformas y locomotoras que constatan la defunción del tráfico de mercancías en la vía estrecha.

El panorama descrito ayudará al lector a concluir que la gestión del ferrocarril en nuestra comunidad autónoma es nefasta gracias a la connivencia y el clientelismo manifiestos con el inquilino de La Moncloa y su ministro del ramo, pues a esa pareja Asturias les importa un bledo. Sus intereses son otros de sobra bien conocidos. Nuestros diputados, todos, no se salva uno, son herederos de aquellos que no dudaron votar en contra de la construcción de la variante de Pajares hace más de cuarenta años a sabiendas de que iba en contra de los intereses de esta tierra. Han actuado como auténticas marionetas condenando al abandono a esta irredenta tierra, porque en aquella época quien mandaba era un analfabeto, a la sazón chivato y cómplice del tardofranquismo –su último chivatazo fue en 1976 en una de las revoltonas de la carretera que une Las Caldas con la N-634 con nocturnidad y alevosía–.

Por si fuera poco lo que hay enfrente tampoco constituye una verdadera alternativa y así van pasando los años, las generaciones mientras que la Asturias a la que tanto cantó y canta Víctor Manuel, verdadero himno, se ha quedado solamente en eso, en la nostalgia de un pasado que desde sus cumbres contempla la soledad de sus valles en los que apenas pastan vacas, la destrucción de su tejido industrial, el desmantelamiento de su red ferroviaria de cercanías y el continuo envejecimiento de su población que es difícil de revertir a pesar de contar con una consejería de reto demográfico.

Siento vergüenza, dolor y pena por el mínimo respeto a quienes dedicaron su vida en pro de Asturias y que por su coherencia, buen hacer y honradez se han visto postergados al ostracismo, en cambio muestro desprecio por la camarilla que no ha sido capaz de colocar al Principado en el lugar que se merece, empezando por el ferrocarril.

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