El barco científico "Toftevaag", el vikingo que calafateó en Cudillero
La nave, construida en Halsnoy (Noruega) en 1910 y usada para estudiar el mar desde 1989, recaló en el puerto que abrigó y botó goletas semejantes durante siglos

El barco de estudio medioambiental marino "Toftevaag". / ALNITAK
José Antonio Suárez Marqués
El último otoño ha recalado en Cudillero el barco "Toftevaag", de origen absolutamente vikingo, cuyo nombre significa "lugar de encuentro" en escandinavo antiguo. Se construyó en 1910 en Halsnoy, segundo fiordo más extenso de Noruega al sudoeste de la península escandinava. Construido a la manera más tradicional, con pino noruego, usando espiches de la misma madera para clavar la tabla, todavía conserva casi las tres cuartas partes de la madera original.
Su tipo, con más bordo y volumen, responde más al knarr, usado para el transporte o la pesca Hsus primeros empleos–, que al drakar -dragón- o barco de guerra. El "Toftevaag" es una bonita goleta –galeas, en escandinavo–, dotada de motor en 1958 para iniciar una nueva vida. Se había dedicado a la pesca del arenque y al cabotaje, entre las islas nórdicas y el atlántico norte, y hasta el transporte de pilotos al Cabo Norte durante la II Guerra Mundial.
Finalmente, el "Toftevaag", en 1989, apoyado por un grupo de científicos de Boston, Massachussetts, iniciaría una nueva singladura abanderando el proyecto ALNITAK, Asociación que lleva 33 años patrocinándolo. El objetivo será la ciencia aplicada o método de experimentación para generar resultados demostrables y tangibles en la conservación de la naturaleza, preservando tanto los tesoros naturales marinos como su relación con los procesos culturales y materiales de nuestro mundo, y colaborando en organizaciones como Earthwatch Institute u OceanCare.
Tripulantes de 102 países y todas las edades han participado en sus programas de educación medioambiental mar abierto –o gigantesco Serengeti azul de tres dimensiones–, para la vigilancia del ecosistema donde se desarrolla la cadena trófica que sostiene la vida.
Durante más de 30 años, se ha monitorizado –con herramientas de telemetría, satélites, hidrófonos, boyas, ordenadores, etcétera– el ecosistema mar abierto, realizando los censos acústicos y visuales de cetáceos tortugas, aves marinas y peces pelágicos, participando así de la revolución científica que significan las nuevas tecnologías en la observación y comprensión de los ecosistemas oceánicos. Lo cual permitirá una mejor gestión de los riesgos de contaminación acústica, colisiones, basuras o capturas accidentales.
La información obtenida del seguimiento de cetáceos, mantas, tiburones, aves marinas, etcétera como animales oceanográficos, se integrará en las bases de datos internacionales de seguimiento medioambiental.
Tras esa larga vida, el viejo barco oriundo de la costa de los vikingos recaló en Cudillero a calafatear, para emprender la última singladura a su fiordo noruego. Antes, mucho antes, ha ya trece o catorce siglos, es probable que sus antepasados hubieran tocado accidentalmente el escondido y pequeño abrigo –cuyas únicas y escuetas noticias de un primitivo malecón son de los siglos XIII y XVI–, que se fue convirtiendo al andar de los siglos en Codillero puerto. No hay datos arqueológicos ni textos que acrediten contacto alguno con nuestro pequeño abrigo, sin nada sustancial que ofrecer a los saqueos o comercio de los hombres del Norte.
La realidad o influencia que sí llegó a nuestro puerto desde el siglo XIII fue la general evolución de los barcos del Atlántico europeo desde el original knarr nórdico. Hacia 1565 fue la notable construcción en Cudillero de la nave "Espíritu Santo", con proporción y trazas no muy diferentes, y tripulada por pixuetos en la flotilla encabezada por los Menéndez Marqués para la defensa de La Florida, entonces asediada por la flota y por hugonotes franceses enviados por su líder Gaspar de Coligny.
Los barcos pixuetos, habitualmente a la pesca, pero también al cabotaje ocasional, evolucionaron como un lanchón vikingo, similar a los irlandeses: capaces de navegar de ceñida o contra el viento –aparejaban dos velas al tercio con palos abatibles, más de diez largos y pesados remos y timón de codaste–; hasta las chalupas boniteras que llegaron al siglo XX, como el viejo cascaron varado del "San Pedro", donde los escolares jugábamos a imaginar las primeras mareas a mediados del pasado siglo. Tal fue la evolución del barco atlántico.
Hoy prima la preocupación por un puerto ya casi sin barcos. Desde la primera noticia del abrigo de pescadores del Codillero hace ya casi ocho siglos, quienes –al decir de un antiguo cronicón– habían perdido el miedo y no aborrecen morir en la mar como sus antepasados, ya van dejando el puerto del Codillero.
La villa, primer puerto pesquero de Asturias desde la Baja Edad Media, hoy ha desarrollado un espíritu ancilar dedicado a la lícita atención del visitante. Seguramente es la respuesta a las políticas pesqueras que deciden en Bruselas o el sino de los tiempos; pero fue la desaparición del viejo Codillero, sin más alternativas sociolaborales a un concejo, entonces con casi 10.000 almas, como las de Gogol, al albur de la incertidumbre humana.
Reiterados gobiernos municipales y regionales han desatendido la máxima de que las economías sanas son las plurales: un poco de todo, y que especializarse en exceso aumenta el riesgo a cualquier cambio venidero.
El Cudillero real de hoy languidece en la melancolía solitaria de un demasiado largo invierno y un tráfago o turbamulta insufrible, poco más de dos meses de verano. Entretanto, la población nativa sigue menguando como cualquier otra actividad que no fuera atender la molesta mala costumbre de llegarse todos a la vez y al mismo sitio.
Hay un empeño sordo o interesado de convertirlo en una estación turística, hurtándole la capacidad de votarlo en un programa electoral -lo que constituye un fraude político- ante la desidia de una población muy envejecida.
La responsabilidad de tales políticos, pues, se concreta en el abandono a su suerte de las otras actividades productivas, perjudicando al empleo y empleadores del concejo, convirtiéndolos en una especie en extinción, como al viejo astillero que hoy acoge al barco vikingo, metáfora o premonición de una muerte anunciada. Aunque digan que las penas con pan son menos penas, triste destino el de mi pueblo.
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