Opinión

Una y mil veces

El 2 de abril de hace exactamente veinte años iniciábamos materialmente las obras de ampliación del puerto de El Musel. Aquella fecha no fue el inicio de nada improvisado, sino la consecuencia directa de una labor rigurosa, planificada y compartida por un equipo comprometido con el futuro de Gijón y de Asturias.

Aquella gran obra fue impulsada por la visión y el liderazgo del entonces presidente del Principado, Vicente Álvarez Areces. A su encargo, todo el equipo -desde el entonces consejero Francisco González Buendía hasta quienes ostentábamos responsabilidades en la Autoridad Portuaria- asumimos una responsabilidad histórica con absoluta convicción y sentido del deber. Porque sabíamos que aquella intervención era, como el tiempo está demostrando, clave para la transformación económica de Asturias y que su impacto estratégico colocaría a nuestro puerto en condiciones de competir a escala global.

Apenas iniciado el movimiento de tierras en tierra firme, y en mayo las obras marítimas, nos enfrentamos a la primera gran dificultad: el mar Cantábrico, con su oleaje poderoso. Aun así, fuimos pioneros a nivel mundial en el fondeo de cajones de grandes dimensiones en esas condiciones. Pero pronto comprendimos que los oleajes más peligrosos no eran los del mar, sino los que levantaban intereses particulares, ajenos al bien común, tierra adentro. Una obra tan compleja precisó de modificaciones.

La Unión Europea, restrictiva en sus condiciones, solo aceptaba un modificado técnico y/o temporal. Lo remitimos a Bruselas con la esperanza de mantener el apoyo financiero. Pero entonces emergió la mala política -que haberla, hayla, como las meigas- con acciones que paralizaron la posibilidad de obtener financiación adicional europea e impulsaron una investigación por presunto fraude. Aquel intento de hacer naufragar la obra a medio ejecutar, con el objetivo último de desacreditar una gestión, fue, tal vez, la más amarga de las tempestades.

Solo el decidido respaldo de Vicente Álvarez Areces -a quien el tiempo ha confirmado como un político de primera línea, visionario en el impulso de proyectos estratégicos- y del Ayuntamiento de Gijón, con Paz Fernández Felgueroso al frente, evitó que el proyecto se viniese abajo. La financiación que no llegó desde Bruselas se buscó -y se obtuvo- a través del Ministerio de Fomento, lo que permitió culminar la obra en diciembre de 2010.

Ignorábamos entonces que nos aguardaba un largo y costoso proceso judicial. Durante más de una década, soportamos en silencio un escrutinio agotador, hasta que la Audiencia Nacional concluyó que el juicio "no se tenía que haber producido", por no existir indicio delictivo alguno. Quienes sembraron dudas infundadas causaron un daño personal y profesional irreparable, pero la verdad, finalmente, prevaleció.

También por esa razón, la declaración institucional de respaldo y apoyo a la obra realizada este lunes desde el Consejo de Administración de la Autoridad Portuaria da muestra de la honorabilidad con la que la nueva presidenta pretende regir los destinos de la dársena gijonesa.

Y hoy, con la perspectiva del tiempo y el aval de todos los tribunales, puedo decir con serenidad que volvería a hacerlo. Una y mil veces. Porque comprometerse con el desarrollo de Asturias, creer en su potencial y trabajar con honestidad desde lo público es, y siempre será, mi forma de entender el servicio a esta tierra.

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