Opinión | el paraguas

Falta

No dejo de romperme la cabeza pensando en qué hace que determinadas personas adopten actitudes que condicionan la situación de millones de seres humanos. Por más vueltas que le doy solo llego a la conclusión de que esos que se consideran con capacidad para determinar erróneamente hacia dónde dirigir el mundo tienen un problema de equilibrio emocional. Y en esto tiene peso sustancial el amor. La necesidad de amar y sentirse amado es ineludible en el ser humano, y si no se satisface termina deteriorando las emociones y dando origen a una inagotable carrera a la búsqueda de sucedáneos.

Se busca en el aplauso de las masas la afectividad simple, como reemplazo del insustituible cariño de la madre, cónyuge o familia. Se busca la renovación continua de la persona del otro lado de la cama, que nunca aporta más que placer efímero. Los amores auténticos son a prueba de urnas, y son estos los únicos en los que uno no tiene que demostrar nada porque se le acepta tal como es.

Cuando se siente la mofa de una persona acerca de la indumentaria de otra, aunque aquella sea la persona más poderosa del mundo; cuando se levanta altivamente el rostro después de enviar a la muerte a más de medio millón de personas; cuando la unidad contable es el dinero; cuando eso ocurre, algo pasa en el amor. Ya sé que parejas, las que quieran. Sé que todo se puede comprar, salvo la sonrisa de quien mirándote a los ojos acaricia tu rostro y solo te ve a ti. Eso no lo tienen ni lo tendrán. Lo malo es que no hay remedio para ello. Si lo hubiese, la paz existiría. Pero seguro que en sus discursos huecos querrán vendernos que luchan con denuedo por la paz, que son imprescindibles para nuestra existencia y que son felices. No me lo creo.

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